Otro colosal desencanto dibuja un escenario postapocalíptico, pero no en el sentido distópico convencional: el apocalipsis aquí es íntimo y cotidiano, sucede en ciudades reconocibles, en relaciones que colapsan, en aeropuertos, fiestas, taxis, en el cuerpo mismo como campo de batalla. La obra respira desde un escenario urbano decadente, donde no hay lugar para el silencio, donde el ruido, el estruendo y los atentados lo contienen todo (o casi todo). Cuerpos jóvenes que corren desnudos por la ciudad, aferrándose a la intensidad como única posibilidad de sentido. Ahí entre los escombros, aparece la poesía. Aparece el lenguaje como una forma de no sucumbir. Como una forma de sostener lo que se desvanece. Una escritura punk y melancólica, que no teme al exceso ni al riesgo, que sabe que el lenguaje es insuficiente pero insiste en habitarlo con intensidad.